30 abr. 2012

Relato - Literatura fantástica




Estaba tan dentro de mí que olvidé mi instinto y curiosidad.
Aún así, aquella tarde de lluvia, no teniendo posibilidad de salir a merodear por los alrededores de la mansión, decidí seguir explorándola por dentro.
En todo este tiempo, no había advertido que una parte del empapelado del pasillo tenía las marcas propias de una puerta disimulada.
El tapizado era de color burdeos y tacto aterciopelado.
Pasé mis dedos y di con el artilugio que abrió de inmediato el acceso.
Estaba oscuro, pero mis ojos suelen adaptarse rápido, y al poco rato advertí que del fondo de un pasillo estrecho subía una escalera en caracol.
No me lo pensé dos veces. Ni previne la posibilidad de peligro.
Miré a uno y otro lado y, aunque los retratos de los habitantes me miraban inquisitivos, me interné y cerré tras de mí. 
Quedé un rato esperando tranquilizarme, pues mi pecho acelerado parecía estar a punto de estallar.
La emoción se había puesto en marcha porque, en el instante que se cerraba la puerta tras de mí, todo giró a mi alrededor. Y no fue una sensación o imaginación. Era real.
Pareciéndome estar en uno de esos artilugios de feria que ruedan en espiral, llevando a los incautos por túneles de terror.
Cerré los ojos. Fue mi reacción frente al miedo.
Cuando los abrí, el espacio que creí oscuro estaba iluminado. La luz procedía de una claraboya que dispersaba sus rayos a todos los rincones de una amplia estancia.
Del pasillo y la escalera de caracol, ni rastro.
Una caja lacada llamó mi atención. La tomé e intenté abrir, pero no encontré el mecanismo.
Desistí y la volví a dejar en el mismo sitio, pero algo se activo y empezó a sonar una musiquilla repetitiva.
No puedo asegurar que lo que voy a contar sea algo vivido o imaginado.
A partir de ese momento yo no era yo.
Un espejo me devolvió la imagen de una niña pelirroja peinada con unos tirabuzones que me recordaban los de una muñeca de barro de mi tierna infancia.
De hecho, en realidad no era la imagen de una niña, sino la de esa muñeca que volvía a mí del pasado en la imagen especular.
Temí caer y hacerme añicos.
Era frágil.
Oí pasos.
Me metí dentro de la caja y escuché uno a uno, los visitantes de la estancia.
Pasaron largas horas.
Diría días.
¿Cómo salí de esa?
Ni lo sé.
Recuerdo que hablaban de una caja lacada que estaba sobre una cómoda de roble, situada en la buhardilla de la mansión.
Decían que habían subido a ella para inspirarse y encontrar objetos que les sugirieran relatos fantásticos.
Recordé a los maestros de la literatura fantástica.
Lo hice repasando el recuerdo de noches de lectura.

Puedo explicarme en estas líneas porque, sin saber cómo ni cuando, alguien dejó la caja lacada en mi habitación.

Cuando desperté, la encontré sobre el baúl de mis pertenencias.
La muñeca de porcelana adornaba un rincón de mi escritorio.
 

21 abr. 2012

Las sardinas


-¡Venid a mí, escamadas criaturas!
Decía con su cantarina voz mientras dejaba caer una gota de su pócima sobre el césped del jardín de la mansión abandonada.

Asomaron curiosas, las sardinas.

¿De dónde salían?

De los confines del mundo en que el suelo predomina, y el líquido escasea.

Su intención era buena, pero ellas se quedaron secas.

Habría una merienda austera en la casa del pobre al que ella visitaba a diario, alojado en la del jardinero.

Pan seco y sardinas. Todo un banquete.

15 abr. 2012

El elefantito



El elefantito no sabe, que su llanto vibra en la selva africana, al compas de las ubres humanas que secas no pueden amamantar a sus criaturas.
El elefantito no sabe, que el hombre blanco prepotente y adinerado, se divierte a costa de su orfandad.
El elefantito no sabe, que un día crecerán sus colmillos, y humanos sin escrúpulos se los arrebatarán.