11 ene. 2012

Las niñas

He parado un rato ante el invernadero.
Lo he hecho porque me ha parecido oír algo.
He escuchado con atención y nada.
Ha debido ser cosa de mi imaginación.


-¡No creas!- insinuó Marión, el ama de llaves. Y siguió narrando, ante mi perplejidad:

-Cada tarde, cuando las cosas parecen mezclarse con las sombras dejan de proyectarse porque el sol se oculta tras la montaña azul, las niñas corretean entre margaritas que deshojan.
Ellas lo hacen desde tiempos pretéritos.

-No se sabe si fue su existir en este sitio, o invención de los muchos visitantes que han sentido lo que tú.

Marión hizo una pausa.
Permanecí en silencio, esperando la continuación de su relato. La cosa se ponía interesante.
Cuando mis pensamientos me llevaron a imaginarlas revoloteando como mariposas. ella siguió con voz queda:

-Larmes e Iris murieron en el incendio del catorce. A inicios del siglo veinte.
Eran parte del grupo de niñas y niños sacados de las ciudades en contienda.
Nunca se supo qué ocasionó tal desastre, pero ellas vuelven cada atardecer cuchicheando, dando a entender que lo saben.
Si te sientas en el banco de piedra poblado de enredaderas secas, escucharás su secreto.

Marión señaló a una piedra que parecía formar parte del espacio en que estaba. En ese momento me percaté de que era un viejo banco integrado con la herrumbre de los años.
Nos sentamos, no sin antes colocar sobre la piedra el periódico que llevaba doblado tras haberle dado un primer repaso, para evitar el frío y la humedad.
Miré a mi compañera y con un gesto silencioso me puse a la escucha.
Ella siguió. Yo visualicé, de forma casi real lo que ella me iba contando. ¿Es posible que me traspasara sensaciones que ella misma conocía de primera mano?

-Las niñas se alojaban en las habitaciones del primer piso de la mansión, pero burlaban la guardia de sus cuidadoras para salir a bailar a la luz de la luna.

Animaban sus juegos nocturnos con imaginación.
Una de sus travesuras era coleccionar luciérnagas, que se llevaban a la cama para que la luz no les abandonara, dentro del bolsillo diminuto aplastado en la parte derecha de un camisón raído a base de restregones y coladas de ceniza caliente, para mantener a raya a chinches y piojos.