3 oct. 2016

Inspiración visual 91

Una botella de auxilio, con mensaje en su interior, navega en mi imaginación.
Pulsando palabras, en pantallas, que navegan con mensajes de pensamientos empedrados en la mente de nautas virtuales.
Escribía en papel, y guardaba sus mensajes. No tenía una isla de soledad aparente, pero se sentía aislada del mundo que le rodeaba.
Primero en la infancia, cuando en la oscura tarde invernal, de regreso a la casa familiar, se abrigaba en pensamientos, temerosa de asaltos y tropiezos, mirando al cuelo, temiendo esa luna, a veces imponente, parecía seguir sus pasos sobre la tierra del camino del callejón. Hubiera podido ampararse en ella, pero la temía. 
Ese miedo incrustado en su pecho venía de las prevenciones contra extraños.
"No te confíes."
"No te entretengas."
"Ven rápido."
Sentía su espalda amenazada. No sabía de qué. Ellos nunca le hablaron de sus miedos, creyendo que su inocencia la protegería.
Fue creciendo. Y dejó de mirar al cielo. 
Apretaba los puños y avanzaba con paso ligero, casi corriendo.
Cuando cerraba el portón tras de sí, y giraba la pesada llave, en la oscuridad, el perro, guardián, era la amenaza. Le hablaba, al tiempo, para que supiera que no era nadie de fuera. Que era de casa. Que ella era aquella que le dio cobijo cuando de chiquito le daba mimo. En ese momento el cuerpo perdía tensión.
Una vez, por andar entretenida, olvidó el ritual y sintió un gruñido amenazante.
"Soy yo." Dijo temblorosa. Sintiendo, con decepción, no haber sido reconocida.
Olía su miedo. Miedo que iba interiorizando, y haciendo de él substancia invisible e impalpable.
Salió del callejón.
Cuando lo recuerda, no concibe poner en él su pie. Es mayor su reparo. Más intenso su temor. Ahora sabe de los peligros en un callejón con poca iluminación, cerrado al final por un gran portón. Gritar hubiera sido la única solución.
¡Qué difícil! Cuantos miedos para aquellos padres. Qué descanso saberla en casa para cenar.
Las calles iluminadas. La presencia de la gente.
Eso no basta.
Hay noticias que le atrapan.
Escribe mensajes. SOS.
No hay quien pueda auxiliarte. Del miedo no tienes cómo zafarte.
No te vale hacer esa nota y ponerla en una botella que por las aguas llegue a puerto seguro. A almas que auxilien tu triste existencia.
Miras en tu alrededor a otras personas que también envían esos mensajes.
Vivir inestable. Cobijo efímero.
No sólo la muerte acecha sus cuerpos.
Un mundo en que alimañas desgarran sus carnes.
El miedo se aprende.
La confianza se pierde.
© Ana María Sancho Biesa

La gayata

La gayata
¡Una gayata!

Me duele el alma. La calma que aparento es sólo aparente.

He visto sus miradas y me he sentido tan mal, que hubiera gritado: ¡Basta! No es justo. Ellos tanto y yo nada. 
La juventud. No saben que pasa de largo, que  para cuando quieres darte cuenta te faltan fuerzas y la salud se rompe. Que cada mañana es un surtido de pastillas para darle al motor para que arranque.

Camino despacio, aguantando mi cuerpo con este pilar que sujeta mi mano. Si lo soltara, no daría muchos pasos, aunque erguido parezca que es mero ornato.
Me negaba, no quería bastón, señal y signo de mi condición. Mi hijo se empeñó. Me lo regaló. A él me ató. Tan bueno que era ese contacto en su brazo, para pasear y hablar con él de tiempos pasados, de aquello que si no nombro parece que nunca ocurrió.
Me dijo que así se sentía seguro de que no tropezaría o caería. Debió cansarse de sostenerme y acompañarme. No me quejé. No dije lo que en mi cabeza gritaba. En mi fuero interno despotricaba. Mi cabeza o mis tripas, porque sentí que me descomponía, que se me oprimía el pecho, que me ablandaba por dentro, descomponiendo todo mi cuerpo. Un dolor seco. Un desaliento. Mis ojos no daban crédito. 
¡Una gayata! Viejos recuerdos. A mi padre, también, se la regalamos, en unos reyes, pensando que ya era viejo y le iría bien; pero yo no lo soy tanto, aún puedo. ¡Qué se creen, que a este viejo no le entran ganas! 
Casi me meo. Sólo me hubiera faltado eso. Qué vergüenza, si hubiera mojado. Entonces, sí que no me libro. Hace tiempo que insisten en que me ponga un pañal para salir a la calle. ¡Pañal! ¡Qué se creen! Aún puedo controlar la bragueta. Hace un rato he desahogado en la farola que dejo atrás. No me ha visto nadie. Eso creo. Y si así ha sido, que aguanten. Ya soy viejo. Que no me cambien. Estas canas bien valen licencia.

Esa chavala que me ha mirado con desprecio, ya verá ella cuando le toque, ¡si llega! Porque a ellas se les suelta antes. A mi mujer hace tiempo que la martiriza el susodicho pañal. Cuando va al aseo, no llega a tiempo, por el camino va perdiendo, y ese pañal que tanto le incomoda no aguanta todo lo que ella suelta, así que gasta mal genio. Menudo carácter. Me aparto y distraigo, o me hago el dormido, para aliviarle la afrenta; pero el carácter se le ha avinagrado. Como para arrumacos. No hay quien lo aguante. Bien se me vale que yo me doy algún alivio, porque a ella no hay quien se acerque. Para arrumacos la tengo. Ni hablar. No sé cuando lo intenté, pero me soltó un bufido. Tan cariñosa y alegre que era antes. La vejez es un infierno.

Tita

Inspiración visual 92
Los niños jugaban descalzos sobre la arena mojada.
 ¡Mira qué blanquita y redondita! Esta piedra es muy bonita.
No seas tonta. No es una piedra. Es un trozo de concha. Aún se le notan las marcas. No ves que pesa menos. La mía sí que lo es. Tan redonda que parece una canica.
Qué bruto eres. Lo ves. Ya la has hecho llorar. No ves que no las distingue. Y además, qué más da. El caso es tenerla entretenida, mientras los abuelos juegan al tute bajo la sombrilla y la tita Merche nos prepara la merienda.
No le hagas caso Martita. Pablito no las ve bien. ¿A ver cuántas tienes? ¡Qué bien! Son muchas. Trae que te las guardo.
Ésta no. 
Bien. Guárdala tú. Entiendo que no quieras que se mezcle con las otras.
Vamos a buscar las gafas de buceo para mirar los peces bajo el agua.
Los tres niños regresan alegres, olvidando el incidente.
No os alejéis mucho. No quiero perderos de vista. Paco, eres el mayor. No me falles.
Tita, no te preocupes. No iremos muy lejos.
Ni os adentréis en el agua. Que, aunque por aquí no cubre mucho puede haber alguna corriente que os juegue una mala pasada.
No, tita. Ya verás que no vamos muy lejos.
Os llamaré para merendar. No tardéis. No me impacientéis como siempre. Después podréis volver a jugar.
Pasado un tiempo. Cuando Mercedes estaba a punto de llamarlos. 
Tita. La hemos perdido.
Decían los dos a la vez, entre lágrimas.
 ¿Cómo la habéis podido perder? Gritaba, mientras alertaba al resto, que enfrascados en el juego a penas se daban cuenta de lo que oían.
Vamos. ¿Dónde estibáis los tres?
Cogiéndolos.
 ¡Ay, tita, me aprietas demasiado!
Eso es poco. Porque me contengo.
Contestó a las quejas del más pequeño.
No se os puede dar rienda suelta. No sabéis cuidar de ella.
Se lamentaba, perdiendo fuelle.
 ¡Dios mío! Nos la habrán raptado. Se habrá ahogado. 
Añadía sin poder contener las lágrimas. Cuando oyó una vocecita cantarina que les llamaba.
Tita. Estoy aquí.
La vieron al final de la cala, en un entrante de agua que apenas le cubría los pies.
Los dos niños corrían ya hacia ella.
Miraron sorprendidos, porque les pareció que lo que estaba bajo los pies de la niña era una inmensa ballena.
El abuelo  Julián cogió a la pequeña en brazos.
Mira por donde, Martita ha encontrado un tesoro.
Dijo el abuelo.
Es una ballena gigante. 
Dijeron los dos niños al unísono.
No. No lo es.
Parece el casco de un barco naufrago, enmascarado de algas y otros habitantes marinos. Es extraño que haya llegado hasta aquí.
Igual estaba enterrado y el agua ha ido quitando arena.
Replicó el niño más mayor, queriendo participar con sus argumentos.
 A vosotros os quiero ver. 
Dijo el abuelo. Consciente de la situación.
Que no vuelva a ocurrir. La niña debe estar bajo vuestra supervisión. Que no me entere yo.

2 ago. 2016

SOY ALMA


SOY ALMA

Halito de esperanza
aliento
disipa el trago
del adiós
transforma mi paso
resiste el empuje

Voy sola
Al final una luz
¿Habré muerto?
¿Es éste el camino?
Globos en mi mano.
Y una maleta
ligera como ellos

¡Vuelo!
A esa luz me acerco.
No tengo miedo.
Siento calma.
Oigo el susurro
de otras almas.
¿Quién era yo?
Soy alma.

© Ana M Sancho Biesa

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CAMINO



CAMINO
Arrastro mi suela sobre el suelo de esquirlas.
Marcho ilusionada, dejando atrás un pasado que quiero limpiar con ilusión y esperanza.
He quedado sola.
Amarga fue la pérdida, pero mi alegría es sentirme viva, y saber que hice más de lo que nunca hubiera imaginado. Que el destino me puso a prueba.
Mi camino no tiene fin. No sé a dónde me llevará, pero mi equipaje está libre de lastres.
Pasé por un pueblo en fiestas, y compré los últimos globos que un payaso vendía.
Me miró, y sentí que me los ofrecía.
Hacía tanto que nadie me miraba hasta dentro del alma.
No tuve hermanos. Mis padres marcharon antes de que los identificara.
Mis abuelos paternos se hicieron cargo de mí. Me lo dieron todo.
Cuando creyeron que comprendería, me explicaron lo que había sucedido.
Papá y mamá me habían dejado con ellos, para que pasara unos días en su compañía. Ellos debían volver a sus responsabilidades. Trabajaban los dos. Hubo un accidente en la autovía por la que pasaban, y una explosión de un camión cisterna les alcanzó.
No lo recuerdo. Puedo reconstruir ese pasado con imágenes del recuerdo de mi abuelo Tomás, que siempre contenía las lágrimas cuando me lo explicaba.
Mi abuela Aurelia, escuchaba en silencio y me apretaba contra su pecho. Yo sentía un profundo dolor, su emoción entraba en mi corazón.
Cuando advertía mi tristeza, me miraba fijamente a los ojos, y me decía que yo era un regalo.
Mis ancianos abuelos se han ido. Dicen que es ley de vida, pero no entiendo eso.
He cerrado la casa, vendiendo todas sus pertenencias y he decidido conocer lo que vaya descubriendo en mi caminar.
Estudié. Con muy buenos resultados. Ellos estaban orgullosos.
Quiero ser artista. Si encuentro alguna tribu que se dedique a artes malabares y circenses, me gustaría unirme a ellos. Por eso voy siguiendo caminos de pueblo en pueblo, buscándolos en esos encuentros festivos.
© Ana M Sancho Biesa

31 jul. 2016

UN ADIÓS



UN ADIÓS

"Me trajiste flores. En un intenso abrazo nos dijimos un adiós que parecía ser hasta pronto.
Marchaste. Para siempre.
No me perteneces. No eres de nadie. Ni de ti mismo.
Si hubiera intuido que te perdería, habría gestado cualquier estrategia para retenerte, para que hicieras tarde y perdieras tu vuelo. Ese que extravió mi vida.
Ningún superviviente. Ningún rastro al que mirarme.
Estallaste en el aire. Te esfumaste.
Esperaba tu llamada. La de hemos llegado. La de siempre. La común. La que me acompañaba hasta tu regreso.
Pilotabas. No pensaba en riesgos ni peligros. Volvías con rosas frescas y brazos abiertos.
Las tiré marchitas. Dejé de reír. Mi gesto se quedó roto.
Sin ti no hay vida."
Encontraron próxima a su mano una hoja manuscrita.
Ella yacía con los brazos fuera del agua enrojecida.
La chica que iba unas horas a ayudarle la encontró allí.
Un grito y llanto ahogado.
Llamó.
Gritó.
Algunos vecinos se acercaron.
Fueron ellos los que dieron aviso.
Llegaron y se la llevaron.
La chica en su espanto no pudo con ello.
La acogieron y acompañaron.
Una anciana le acercó un vaso, mientras la acogía en sus brazos.
−Toma, bebe. El agua con azúcar te quitará el susto.

© Ana M Sancho Biesa



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